Editorial
El síndrome Al Capone

 

Hoy, los signos de los tiempos indican un cambio fundamental, retomando el cauce natural de la historia, que indaga culpas y fomenta castigos para los altos mandos.



Juan Ignacio Oto
Director

En los albores de la dominación española en América, era pan de cada día los conflictos que se suscitaban entre quienes pretendían detentar el poder, ya sea que se llamaran capitán general, gobernador, virrey u oidor de la Real Audiencia. La distancia del rey de España (o del Consejo de Indias) -únicos llamados a dirimir las disputas-, era tal, en tiempo y espacio, que prevalecían las luchas por largos períodos. Un ejemplo de ello fueron los sangrientos combates entre las huestes de Pizarro y Almagro por el control del Virreinato del Perú. Eso sí, una vez triunfaba un bando -o el soberano español hacía oír su voz-, el otro contingente se cambiaba de bando y los únicos que sufrían las consecuencias eran los cabecillas, que literalmente en más de alguna ocasión perdían sus propias cabezas. Luego, en una época colonial algo más apacible, primaban las acusaciones que se hacían llegar al monarca y que terminaban muchas veces, tras un juicio de cuentas, con el ex gobernador o virrey en la cárcel, a quien se le quitaba, por cierto, la fortuna que había robado y las tierras y encomiendas que se le habían adjudicado con anterioridad.
En Chile, en la Guerra Civil de 1891 la contienda entre presidencialistas y congresistas fue extremadamente cruenta en los campos de batalla, con un trágico saldo de miles de muertos, pero luego del triunfo parlamentario y el suicidio del presidente Balmaceda se alcanza la paz social con relativa rapidez. Ello sucede así porque la gran masa, tanto en las tropas como en la ciudadanía, no está ideologizada con el tema en discusión, que le interesa sólo a un puñado de oficiales y a unos pocos líderes civiles. De hecho, a la gran mayoría de los soldados le daba lo mismo combatir por una facción u otra, y al término del conflicto todos (los que quisieron) pasaron a formar parte del mismo Ejército unitario de Chile. Esto, por cierto, es una diferencia notable con el conflicto que derivó en el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, donde las partes, desde la base (salvo una porción de los conscriptos), estaban ideologizadas; y por eso, no tienen consistencia los argumentos de algunos analistas en orden a pretender un rápido "perdón y olvido" similar para ambas situaciones; bastaría visualizar, como demostración por absurdo, la obvia imposibilidad de que civiles combatientes del Mir se hubieran integrado a las Fuerzas Armadas.
Esta constante del acontecer hispanoamericano, en que los líderes sufrían drásticamente las consecuencias de sus derrotas, y no sus seguidores, con más o menos razones, con más o menos sutilezas, se ha intentado doblar, vía leyes de amnistía y otros procedimientos, en estos últimos 30 años. Pero tal parece, que la historia es más fuerte.
Una visión algo simplista, pero con cierto grado de verdad histórica, señalaría que el sacrificio suicida de Salvador Allende "purificó" a sus seguidores luego de un determinado plazo. Los "combatientes" fueron amnistiados y los "ideológicos" asumieron el poder político, social e incluso, en algunos casos, económico.
Por el contrario, un general Pinochet que abandonó el poder de a poco -baste recordar que siguió siendo comandante en jefe del Ejército en los primeros años de los gobiernos de la Concertación- dejó, sicológica y políticamente, a sus partidarios empantanados.
Hoy, los signos de los tiempos indican un cambio fundamental, retomando el cauce natural de la historia, que indaga culpas y fomenta castigos para los altos mandos. En esa línea está la opinión de varios personeros de izquierda, en el sentido de que aceptarían la aplicación de amnistía tácita (por ejemplo, por prescripción) casi generalizada en la medida que Pinochet recibiera condena, aunque fuera por evasión de impuestos, como Al Capone... El indulto del presidente Lagos a un sargento de mediana jerarquía, que si bien rebotó en la Concertación y en la mayoría de la opinión pública, dejó clavada una banderilla... Las últimas acciones del general Cheyre, que no acepta que los únicos culpados en el caso del contrabando de armas a Croacia (relacionado con la muerte del coronel Huber) sean funcionarios de bajo nivel, y que ante el robo en arsenales del Ejército con celeridad da de baja a un oficial de alta graduación.

arriba