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No hay bien que por mal no venga |
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N° 3.432 del 5 al 18 de septiembre del 2011
Las marchas y protestas de los últimos días han traído cierta ventaja, y que nadie podía suponer. Es así como la esposa de un vecino, me expresa:
–Estoy tan agradecida, que no encuentro cómo hacerle llegar a los dirigentes mis parabienes. Le han hecho un beneficio tan grande a mi marido, que no tendría cómo pagarles.
¿Su esposo es profesor?
–No, fue empleado público, pero ahora está jubilado. Un amigo vino a buscarlo, y con él empezó a salir todos los días.
“El antes sólo salía a la esquina a comprar el diario. Ahora en cambio, cada día camina muchas cuadras. Ha bajado varios kilos que tenía en exceso. Lo encuentro más ágil y de buen humor. Vuelve a la casa muy contento. Se ríe solo cuando me cuenta que en un momento tuvieron que correr porque estaban lanzando bombas lacrimógenas, pues algunos provocadores causaban incidentes”.
“Sería una pena que estas marchas se terminasen. Le hice una manda a San Judas Tadeo para que el Gobierno no atendiera sus demandas, y también para que los muchachos no cometiesen el disparate de volver a clases, y todo se arreglase”.
“Contento, me repite que se siente de nuevo un muchacho. Con decirle que me invita a acompañarlo, porque también me haría bien perder unos kilos”.
Y parece que la satisfacción va por todos lados, porque un amigo, que es vecino del máximo dirigente de la CUT, dice que la familia se siente feliz por lo que está ocurriendo.
–No puedo entender la causa.
–Es que no faltan los mal hablados. Decían que la CUT estaba dormida, que era una taza de leche, que había perdido toda combatividad…
Le replico que no le debe dar importancia a esos hablantes, que nunca faltan.
Sin embargo, no es tan sencillo.
–El, como dirigente de la CUT -me explica-, tiene un sueldo, para que así se dedique por entero al organismo. Y quienes lo critican, codician su cargo.
Pero, le digo, no se olvide usted que el cargo demanda tener mucha sangre fría y un hígado capaz de asimilar un caballo.
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