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Claudio Betsalel
Editor internacional |
Característicamente, los líderes populistas han accedido al poder a través de elecciones, para luego desdibujar el entramado político-institucional democrático y concentrar los poderes del Estado.
N° 3.292 del 24 de abril al 7 de mayo del 2006
En el último tiempo, medios europeos y estadounidenses se han referido profusamente al giro a la izquierda registrado en gran parte de América Latina, adscribiéndolo descuidadamente y en su conjunto al fenómeno populista. Esto equivale a meter en un mismo saco a Gobiernos con perfiles tan disímiles como el del caudillo militar Hugo Chávez en Venezuela y el de la socialista Michelle Bachelet, o el del corporativista líder boliviano Evo Morales y el de la coalición de partidos que preside Lula da Silva en Brasil.
Aunque afortunadamente hoy en día los inversionistas y otros agentes con poder de decisión han aprendido y tienen claras las profundas diferencias políticas entre dichos Gobiernos (podrían haberse ahorrado ingentes pérdidas si no hubieran entrado en pánico, por ejemplo, cuando Lula asumió en el 2002), es importante precisar la naturaleza del populismo, porque se trata de un fenómeno que resurge cíclicamente –y con fuerza– en varios países de la región.
El populismo aparece históricamente en América Latina en la primera mitad del siglo XX, como una vía de incorporación de las nuevas masas urbanas –conformadas por obreros y una incipiente clase media– al sistema político, en un contexto de graves fracturas sociales provocadas por la expansión del capitalismo. Algo característico en estos movimientos –a diferencia de aquellos de inspiración socialista–, es su carácter de alianza no clasista o multiclasista. Y su frágil y completa sustentación –pensemos en Juan Domingo Perón y Eva Duarte en Argentina, más próximos al fascismo, o en la izquierdista “revolución bolivariana” de Chávez– en liderazgos personalizados y carismáticos, a menudo ejercidos por caudillos provenientes del mundo militar.
Característicamente, los líderes populistas han accedido al poder a través de elecciones, para luego –respaldados en movimientos de masas– desdibujar el entramado político-institucional democrático y concentrar los poderes del Estado (la asamblea constituyente, consumada en Venezuela y anunciada en Bolivia y eventualmente en Perú, es un medio inmejorable para dicha concentración de poderes “en manos del pueblo”).
Otro “sello” populista ha sido el nacionalismo exacerbado y un demagógico –aunque nunca real– anticapitalismo, a lo que hay que sumar una extensa red de clientelismo y grados generalmente altos de corrupción, además del uso discrecional de las finanzas públicas (con habituales consecuencias inflacionarias e importantes déficits).
Quizás si el elemento más nuevo, en los actuales experimentos populistas de América Latina, sea su componente étnico. Tanto el presidente Evo Morales –aún una incognita respecto a si seguirá o no el clásico derrotero populista– como el candidato peruano Ollanta Humala, por ejemplo, se presentan como defensores de las postergadas masas indígenas y mestizas, urbanas y rurales. Sin embargo, las causas del nuevo auge de este persistente fenómeno siguen siendo las mismas –aunque ahora se esgrima una lucha contra la globalización y no contra la industrialización–, y están asociadas a las tradicionales y enormes desigualdades de ingresos y oportunidades en gran parte de los países del continente.
Un escenario marcadamente definido por el populismo es la actual contienda electoral peruana. Al menos dos eventuales rivales en la segunda vuelta de fines de mayo –el ex presidente Alan García y el ex teniente coronel Ollanta Humala– tienen claras credenciales en este sentido, aunque mientras García se inscribe en el populismo de viejo cuño del APRA peruano, Humala apuesta al “neopopulismo” de tipo étnico.
El caso de un posible triunfo de Humala –con un oscuro expediente en materia de derechos humanos y vinculado hasta la fecha con el entorno de Vladimiro Montesinos, el siniestro y encarcelado jefe de inteligencia de Fujimori– quizás sea más imprevisible y preocupante, en un país en que el autoritarismo sigue vigente y en el que ha habido débiles transiciones democráticas cada diez años desde hace más de medio siglo. Armado de un programa incoherente y aupado al liderazgo por una formación política improvisada, el nacionalista Humala dice combatir a los políticos “tradicionales” y los excesivos incentivos tributarios a transnacionales mineras, desea restringir el acceso de empresas extranjeras –y sobre todo chilenas– a sectores “estratégicos”, y ya ha anunciado que si es electo convocará a una… sí, acertó, a una asamblea constituyente.
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