El sumergible en el que huyó a Chile Adolf Hitler tiene claras muestras de deterioro, inexplicables en una nave que ha permanecido más de medio siglo en una playa de Chanco, y sólo en los últimos tres años evidencia la desaparición de una parte de su estructura superior.
N° 3.302 del 11 al 24 de septiembre del 2006
En distintas partes del planeta existen lugares que la gente califica de misteriosos, porque allí ocurren hechos inexplicables que lindan con lo anormal, y la playa de Cabo Carranza (Séptima Región) debe ser incluida en la nomeclatura de sitios enigmáticos. Veamos de qué estamos hablando.
Alrededor de las tres de la madrugada de una tormentosa noche de julio de 1945, los habitantes y vecinos de la Estancia Flora, a tiro de piedra del faro Carranza de la Armada que allí existe, fueron despertados por una horrísona explosión, que nunca nadie –o casi nadie– pudo explicarse su causa, hasta que Ercilla lo reveló hace un par de meses.
Alrededor de diez días después, mientras la tormenta aún rugía (el mal tiemo duró un par de meses), a la playa de una caleta de pescadores, situada a unos diez kilómetros de Carranza, comenzaron a llegar restos de seres humanos con trozos de uniformes navales. Tampoco nunca nadie supo de donde provenían, porque no se sabía de ningún naufragio.
Poco más de cuarenta años después, el arquitecto del MOP y avezado competidor de deportes submarinos, Pedro Mansilla, buceando en los alrededores de Carranza, se topó por casualidad con una nave hundida bajo doce metros de agua y asentada sobre un fondo arenoso. En el lugar existe una fuerte corriente que mantiene la arena en suspensión e impide la visibilidad. Ante esta dificultad para identificar de que tipo de nave se trataba, Mansilla recorrió el contorno de la misteriosa embarcación, palpándola, para llegar a concluir que se trataba de un submarino, porque tenía sus extremos redondeados. Pero nada más pudo sacar en limpio, ya que nadie sabía de la existencia de un naufragio allí a 200 metros de la playa, ni menos que pudiera tratarse de un sumergible.
A la explosión del año 45 y a la llegada de los cadáveres a la caleta de pescadores, diez días más tarde, se sumaba ahora este tercer enigma: un submarino.
Osvaldo Muray
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